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Aunque mi día fue cansado, no pude esperar más para leer tus letras.

Eres adictivo para mí: intenso, sutil, poesía hecha deseo, pero carne también.


¿Cómo decirte que mi corazón se acelera con cada palabra tuya?

¿Cómo explicarte que mi intimidad despierta al ritmo de lo que escribes?

¿Cómo sostener este fuego que enciendes en mi mente, en mi pecho, en lo más profundo de mí?


Nunca podrías saberlo. Nunca querría que lo supieras.

Pero cada fibra de mi ser te desea.

Dentro de mí, sin reservas.


Y no, no esperaría ternura.

No buscaría suavidad.


Chica leyendo un libro

Querría todo lo que eres.

Sin medida.

Sin límites.

Dentro y fuera de mí.


Pero jamás lo sabrás.

Porque tú ni siquiera sabes que existo.

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ANAYAD Y EL OGRO
 
 
Había una vez, hace mucho tiempo, una linda joven llamada Anayad, que vivía en una cabaña con su padre, Leafar; libre, poco común y curiosa. Todos en el pueblo hablaban de ella. Era hermosa, un ángel todos así lo sentían, pero su encantamiento por los libros y las letras era algo que en ese pueblito no entendían. Por eso, desde cuando llegaron allí, ella nunca se sintió parte de aquel lugar.

Anayad era una joven inteligente, soñadora, con carácter y servicial. Adoraba a su padre, quien era un inventor, muy peculiar él. Lo fantástico estaba en que los dos se entendían a la perfección. Se sentía grato verlos conversar, reír y soñar cuando estaban juntos, comiendo o creando los dichosos inventos del padre.

Llegó el día en que Leafar tuvo que partir hacia otro poblado para concursar en un evento y ser reconocido como un buen inventor. Se despidió de su hija con un tierno beso y con la promesa de un regalo digno para ella. ¿Qué sería? Lo vio irse, perderse a lo lejos. Cuando ya no lo vio, se le ocurrió dar un paseo a caballo por el pueblo. Necesitaba salir, disfrutar, sentirse viva.

Tomó un caballo y salió de la cabaña. Se encontró en el camino a Nuaj. Él se le interpuso, deteniéndola. Anayad se molestó mucho, pensaba que era un fastidio el tipo. Era bello, sí, pero metía la pata todo el tiempo. Demasiado tierno con ella y no le gustaban los pegajosos. Todas las del pueblito andaban loquitas por sus huesos, pero ella definitivamente no lo estaba.

Su sonrisa tierna, sus ojos azules, su simpatía y su lenguaje con poco sentido, no le gustaban. Así que le dijo que andaba con prisa y se safó del hombre fastidioso. Por fin, la brisa, la rapidez, todo la hacía sentir viva. Cabalgó, cabalgó toda la tarde, hasta llegar a un paraje que no conocía: oscuro, tenebroso, sin mucho color. Algo le decía que se alejara, pero como toda chica curiosa, bajó del caballo. De pronto, vio una mariposa hermosa, la siguió como hechizada. Era preciosa, colores que nunca había visto la teñían. La llevó hasta las puertas de un castillo lújubre. La mariposa se posó en su mano, voló hacia su mejilla como si le diera un tierno beso. Las puertas se abrieron.

Apenas entrar, sale un ogro de lo más bonito pegando cuatro gritos: este es mi hogar, qué haces aquí, por qué la mariposa te besó y otras tantas cosas, preguntaba, gritaba. Y eso a Anayad la exasperaba, los gritos. Reventó como una burbuja y empezó a gritarle ella también. Si este ogro estúpio pensaba que ella le tenía miedo estaba más que equivocado. Era un mal encarado, un grosero, un estúpido y no sabía tratar a las personas. Todo eso se lo dijo sin nigún miramiento. El ogro se queda callado, la observa y se ríe.

Se presenta como Okín, el rey del castillo. Anayad lo mira como con cara de pocos amigos. Pensaba le estaba tomando el pelo. Él se explicó claramente. Era un castillo hechizado por su mal comportamiento y que ya no tenía esperanza de que nada cambiara. El peor mandado es el que no se hace, le dijo ella.

Aunque su padre había vuelto, Anayad no dejaba de visitar al ogro. Dos, tres, cuatro semanas y seguía haciéndolo. Estaba notando que ya no aguantaba mucho estar sin hablar con el cabezotas ese, que sus malas caras la hacían reír, que sus gritos la hacían explotar y que su mirada, la mayoría de las veces, la intimidaba.

Apareció esa noche, mientras comían, un hechicero negro. Quería la corono de Okín. Este hechicero había pensado que ya era suya, porque el tiempo de Okín para volverse humano ya se estaba agotando, hasta cuando apareció la fatalidad: Anayad. Fue decidido a matarlo. Su rayo cayó directo al corazón, haciendo que el cuerpo de Okin se desparramara en el suelo. Al segundo ataque, la mariposa se convirtió en una hada preciosa, y los cubrió con un manto y los protegió. Atacó de vuelta y logró que el hechicero desapareciera. Anayad no podía creer que su ogro estuviera allí, tirado y desapareciendo, evaporándose como el agua.

La hada la miraba, como si ella supiera qué hacer. Sálvalo, le dijo. Pero ella no tenía idea cómo. Tomó su mano, la llevó hacia su rostro. Sin poder evitarlo, le dijo que lo amaba, que no la dejara sola, mientras le dio un casto beso en esos labios tan oscuros y grandes. El hechizo estaba roto. De un momento para otro, Okín se convirtió en humano, hermoso, piel blanquecina, cabellos dorados y ojos esmeralda, lleno de vida.

Anayad no lo creía. Dónde estaba su ogro bello, dónde estaba su cabezota. No era él. No sabía qué hacer.
-No te creas que porque me convertí en humano voy a ser dulce y genitl. Por que no lo haré -le dice Okin.
-Más te vale, cabezota, porque sino me voy corriendo de aquí -dice toda emocionada, dando un salto para abrazarlo.

Sí, era su ogro y ella, su bella. Se casaron, se amaron y se aceptaron. Y. . . vivieron felices para siempre.

Derechos Reservados

Dayana Rosas S.G
Imagen Pixabay - Prawny


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LA BAMBALINA Y EL COPO DE NIEVE




Esa noche ella estuvo pensando una y otra vez lo que pediría a su querido San Nicolás para la noche de Navidad. Pero realmente no se le ocurría nada. Desde pequeña, nunca le enseñaron a pedir cosas puntuales, puesto que estaban convencidos de que Él sabía de antemano lo que cada uno de ellos necesitaba.

Ya con sus veinticinco años de edad, y a sabiendas de que la mayoría decía y pensaba que San Nicolás no existía, se encontraba pensando qué podía pedir. No hubo año que pasara que no le escribiera una carta a su querido santo. Nunca pidió cosas materiales, sino hermosos deseos para los suyos. Hoy en día, todos estaban bien y al pie del cañón. Eran felices y estaban tranquilo. Así que, por primera vez en mucho tiempo, le estaba siendo difícil escribir su tan anhelada carta.

Se rehusaba a desistir de escribirla. No podía hacerle eso a Él. Siempre lo saludaba, le daba las gracias por lo que conseguía en el año y le pedía eso tan especial. Era parte de ella, no podía fallar.

De pronto, una idea se le ocurrió. Desde hace día estaba teniendo un sueño. Sabía que algo le quería decir pero no lograba descifrar qué. Así que tomó el portamina, la hoja en blanco y empezó a escribir:




          “Querido, San Nicolás

        Espero que estés muy bien. Quisiera poder tener la capacidad de volverte a ver como aquella Noche de Navidad. Te doy las gracias por todas las cosas que hemos conseguido en este año. Sé que eres parte de ello también.

         Me ha costado decidir qué pedirte. Pero sé que también me ayudarás. Desde hace días he tenido un sueño y no logro saber qué me quiere decir. Por favor, te pido fervientemente que me ayudes a saber qué me quiere decir la Vida con ese sueño.

        Te quiero mucho, tengo fe en ti y la tendré toda mi vida.


      Thais.




Terminó su carta, la dobló, tomó el sobre y la metió. Fue corriendo a colocarla en el árbol. Su padre estaba en la sala. Al verla, como siempre hacía, sonrió y no dijo nada. Ella la acomodó entre las ramas de su árbol.

Al día siguiente, la carta no estaba. Eso siempre le sucedía. Pensaba que era su padre quien la guardaba pero no le decía nada. Estaba segura de que todavía lo hacía. Pero no le importaba, pues también estaba segura de que Él la leía de alguna manera. Así que sonrió al no verla esperaba con ansias la Noche de Navidad.

Pasaron los días y el mismo sueño se repetía una y otra vez, con más frecuencia y con más intensidad, pero no lo entendía. Los personajes no eran claros, ni tampoco su papel. ¿Dejaría que todo pasara? ¿No la ayudaría esta vez con su pedido? Se negaba a creerlo.

Llegada la noche vieja, como era de esperarse, no fue a dormir temprano, pues estaba disfrutando con su familia. Cosa que no le preocupó. Sería cuando durmiera que todo se daría. Gozó la noche. Comió, bailó, prendió estrellas con los sobrinos, vio los fuegos artificiales. En conclusión, fue una noche espectacular.

Cansada, al terminar la celebración, se dio un baño y fue a la cama, convencida de que esa vez tendría su respuesta. Cayó sin remedio. El sueño empezó de nuevo. Los dos hombres, las tres chicas, la guerra, ella en medio. Un caos y ella no se movía ni un centímetro.

Al despertar, en su cama, había una bambalina cristalina con un copo de nieve dentro. Se preguntaba si habría sido su padre. Al tomarlo, era frío como la nieve. Parte del polo norte en un espacio. De pronto, apareció de nuevo el rostro de Santa, le sonrió y le guiñó el ojo como aquella vez. La emoción la embargaba, la felicidad la tomo completamente. Acarició la silueta del rostro y rió. Después, desapareció.

Dentro de la bambalina empezaron a aparecer unas letras: "No puedes huir de tu trabajo. Basta de estar quieta, de no hacer nada. Eres como este copo, no lo olvides".

Allí estaba su respuesta. Ahora tendría que saber qué significaba un copo de nieve, eso le mostraría su camino. El que estaba dispuesta a tomar.
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Dayana Rosas S. G.
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MI PEQUEÑO CASTILLO






Recuerdo que hace un mes, sin ninguna explicación, mis padres me dijeron que íbamos a mudarnos. «Ellos no piensan en mí, en mis amigos, en lo que quiero o en lo que necesito», pensé. Días más tarde, me explicaron. La empresa en la que trabajaba mi papá había quebrado, ahora se estaban planteando crear una, pero el lugar no podía ser en el país, así que teníamos que mudarnos, a otro lugar, a otro sitio, a otro país, a otra cultura.


Solo pensé todo lo que eso significaba, mis amigos, mis aficiones, iba a cambiar todo irremediablemente. Mis compinches quedarían en lo que consideraba mi hogar y, allá en ese otro lugar, me sentiría sola, necesitada. Temía que todo eso pasara.


Cuando llegamos y vi esa casona vieja, gigantesca, recuerdo lo primero que pensé fue “la casa del terror”. Me habían traído a vivir a la casa del terror, era increíble. ¿De verdad estaban considerando dejarme aquí encerrada? Estábamos lejísimos de la civilización, pura mata, más nada. Esto era una soledad absoluta. «Terrible», pensaba.


Ahora, a un mes de la mudanza, no puedo imaginar vivir en otro lugar mejor. Ver los amaneceres, la puesta de sol, a ese chico genial tocando mi puerta. Los amigos que aquí he ido encontrando son verdaderos, tiernos, protectores. Y ¿saben? Estoy completamente segura que este, mi pequeño castillo, está encantado.


Cuando Yerson, mi novio se acerca, habla de una manera extraña, una que me encanta. Sé que son palabras de amor, porque las siento. En tan poco tiempo ha logrado conquistarme sin remedio. Al principio le temía, era tan raro. Ahora no puedo estar sin él.


En las noches, cuando subo a la torre, escucho risas, respiraciones, hasta pasos, pero mis padres no me creen. ¿Asustada? No, para nada. Hasta creo que uno de los fantasmas se ha vuelto mi amigo, en las mañanas siempre me corre las cortinas para que me levante, por lo que le tiro un zapato. Hasta los domingos, es molesto. Lo escucho reírse, no pudiendo hacer otra cosa, hago lo mismo.


Sí, en definitiva, ha sido una de las experiencias más geniales que he vivido. Venir hasta este pequeño castillo me ha cambiado la vida. Yerson siempre pendiente de mí, con sus rarezas, con su intensidad y su magia. No me veo en otro lugar que no sea este. Mi deseo se ha cumplido. Quería aventuras, esta es una de las más grandes.



Derechos Reservados
Imagen y Edición Robert Berrios
Autora Dayana Rosas S. G.
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