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Capitulo 1. La mirada que no debió existir 

Y allí estaba yo, en una presentación del autor que, literalmente, ha vivido en mi mente, mi cuerpo, mi deseo, desde que lo leí por primera vez.

¿Lo he visto alguna vez? Claro que no. Solo por foto, y una que no tiene nada que envidiar. Sin mentir, de pensar que estoy en el mismo salón donde él estará, me entra el nervio.

Cuando lo veo sentarse en la mesa, todo se me revuelve de emoción. La presentación comienza puntual, cosa que agradezco, y la presentadora introduce a mi escritor estrella. Todos aplauden calurosamente, y no puedo dejar de hacer lo mismo.

Parezco una niña de lo nerviosa que estoy. ¡Pero vamos a ver, mujer, cálmate! ¿Pero cómo podía tranquilizarme si este hombre me tocaba con cada letra de sus libros? Y él ni lo sabía.

Todo ocurre muy rápido, para mi gusto. Escucharlo declamar es un deleite; hace que se me suban los colores y se me erice la piel. Así como a todas las que nos encontramos aquí. ¿Puedo culparlas? Por supuesto que no.

Cuando llega el momento de la firma de autógrafos, la fila se forma. Por supuesto que me voy a llevar la publicación de su último libro: Te busco y no te encuentro. Ya solo con el título lo quiero. Respiro profundo. Ya casi estoy frente a él.

La persona delante de mí grita, se emociona, pide un autógrafo y se va. Luego, vengo yo. Tenerlo enfrente es tremendo e intimidante.

—¿A nombre de quién? —pregunta suavemente, sin levantar la mirada.

—Valeria —respondo muy bajo, como si yo fuera la más penosa del mundo.

Él levanta la vista y me mira fijo a los ojos. Ese segundo intenso es suficiente para quitarme la respiración. Un silencio entre los dos, infinito… para luego volverse sonrisa. ¿Seductora? No lo puedo creer.

Escribe algo en el libro, pero no logro leerlo. Se levanta como si nada, se coloca a mi lado, me toma de la cintura y me acerca a él. No entiendo nada de lo que está sucediendo. El click de una cámara rompe el momento y nos toman una foto juntos.

Jamás pensé en pedirle una foto. Mi vergüenza no me lo permitiría. Lo siento tan cerca que el calor de su cuerpo enciende el mío. Y yo que tenía la esperanza de que al verlo esto no fuera nada… que no me atraería. Pero es peor de lo que imaginé. Deseo puro y admiración. Combinación fatal para mí.

—Valeria, dale tu número de WhatsApp a Luisa, mi mánager, para que te envíe la foto de hoy —dice amablemente.

—No, no es necesario —respondo.

—Insisto. Mi mejor fan no puede ser tratada como cualquiera —afirma, con una sonrisa que oculta algo más que buena voluntad.

¿Me reconoce? ¿Sabe quién soy? Qué cosas. ¿Mis comentarios no se pierden entre el mar de mensajes?

Pero no sé qué hacer. Primera vez que no sé cómo reaccionar.

¿Podré olvidar este día?

Lo dudo mucho.


Capitulo 2

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Aunque mi día fue cansado, no pude esperar más para leer tus letras.

Eres adictivo para mí: intenso, sutil, poesía hecha deseo, pero carne también.


¿Cómo decirte que mi corazón se acelera con cada palabra tuya?

¿Cómo explicarte que mi intimidad despierta al ritmo de lo que escribes?

¿Cómo sostener este fuego que enciendes en mi mente, en mi pecho, en lo más profundo de mí?


Nunca podrías saberlo. Nunca querría que lo supieras.

Pero cada fibra de mi ser te desea.

Dentro de mí, sin reservas.


Y no, no esperaría ternura.

No buscaría suavidad.


Chica leyendo un libro

Querría todo lo que eres.

Sin medida.

Sin límites.

Dentro y fuera de mí.


Pero jamás lo sabrás.

Porque tú ni siquiera sabes que existo.

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LA BAMBALINA Y EL COPO DE NIEVE




Esa noche ella estuvo pensando una y otra vez lo que pediría a su querido San Nicolás para la noche de Navidad. Pero realmente no se le ocurría nada. Desde pequeña, nunca le enseñaron a pedir cosas puntuales, puesto que estaban convencidos de que Él sabía de antemano lo que cada uno de ellos necesitaba.

Ya con sus veinticinco años de edad, y a sabiendas de que la mayoría decía y pensaba que San Nicolás no existía, se encontraba pensando qué podía pedir. No hubo año que pasara que no le escribiera una carta a su querido santo. Nunca pidió cosas materiales, sino hermosos deseos para los suyos. Hoy en día, todos estaban bien y al pie del cañón. Eran felices y estaban tranquilo. Así que, por primera vez en mucho tiempo, le estaba siendo difícil escribir su tan anhelada carta.

Se rehusaba a desistir de escribirla. No podía hacerle eso a Él. Siempre lo saludaba, le daba las gracias por lo que conseguía en el año y le pedía eso tan especial. Era parte de ella, no podía fallar.

De pronto, una idea se le ocurrió. Desde hace día estaba teniendo un sueño. Sabía que algo le quería decir pero no lograba descifrar qué. Así que tomó el portamina, la hoja en blanco y empezó a escribir:




          “Querido, San Nicolás

        Espero que estés muy bien. Quisiera poder tener la capacidad de volverte a ver como aquella Noche de Navidad. Te doy las gracias por todas las cosas que hemos conseguido en este año. Sé que eres parte de ello también.

         Me ha costado decidir qué pedirte. Pero sé que también me ayudarás. Desde hace días he tenido un sueño y no logro saber qué me quiere decir. Por favor, te pido fervientemente que me ayudes a saber qué me quiere decir la Vida con ese sueño.

        Te quiero mucho, tengo fe en ti y la tendré toda mi vida.


      Thais.




Terminó su carta, la dobló, tomó el sobre y la metió. Fue corriendo a colocarla en el árbol. Su padre estaba en la sala. Al verla, como siempre hacía, sonrió y no dijo nada. Ella la acomodó entre las ramas de su árbol.

Al día siguiente, la carta no estaba. Eso siempre le sucedía. Pensaba que era su padre quien la guardaba pero no le decía nada. Estaba segura de que todavía lo hacía. Pero no le importaba, pues también estaba segura de que Él la leía de alguna manera. Así que sonrió al no verla esperaba con ansias la Noche de Navidad.

Pasaron los días y el mismo sueño se repetía una y otra vez, con más frecuencia y con más intensidad, pero no lo entendía. Los personajes no eran claros, ni tampoco su papel. ¿Dejaría que todo pasara? ¿No la ayudaría esta vez con su pedido? Se negaba a creerlo.

Llegada la noche vieja, como era de esperarse, no fue a dormir temprano, pues estaba disfrutando con su familia. Cosa que no le preocupó. Sería cuando durmiera que todo se daría. Gozó la noche. Comió, bailó, prendió estrellas con los sobrinos, vio los fuegos artificiales. En conclusión, fue una noche espectacular.

Cansada, al terminar la celebración, se dio un baño y fue a la cama, convencida de que esa vez tendría su respuesta. Cayó sin remedio. El sueño empezó de nuevo. Los dos hombres, las tres chicas, la guerra, ella en medio. Un caos y ella no se movía ni un centímetro.

Al despertar, en su cama, había una bambalina cristalina con un copo de nieve dentro. Se preguntaba si habría sido su padre. Al tomarlo, era frío como la nieve. Parte del polo norte en un espacio. De pronto, apareció de nuevo el rostro de Santa, le sonrió y le guiñó el ojo como aquella vez. La emoción la embargaba, la felicidad la tomo completamente. Acarició la silueta del rostro y rió. Después, desapareció.

Dentro de la bambalina empezaron a aparecer unas letras: "No puedes huir de tu trabajo. Basta de estar quieta, de no hacer nada. Eres como este copo, no lo olvides".

Allí estaba su respuesta. Ahora tendría que saber qué significaba un copo de nieve, eso le mostraría su camino. El que estaba dispuesta a tomar.
Derechos Reservados
Imagen Pixabay - geralt
Dayana Rosas S. G.
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EL CASTILLO DE LAS DOS TORRES






Aquella tarde, cuando Mirta y yo hablábamos de la vida, de los planes, del futuro, me contó su sueño más celosamente guardado y también el más imposible de cumplir. Escucharla hablar de visitar un gran castillo con dos torres bien altas, cómo recorrería y se perdería por sus pasillos, cómo descubriría una historia fantástica tras su paredes, era maravilloso. Ver sus ojos iluminados por la esperanza, excitados por la imaginación valía todo lo que tenía.

Sus palabras retumbaron fuerte en mi cabeza y en mi corazón. Por lo que, sin darme cuenta, empecé a buscar información sobre castillos, historias encantadas. Recuerdo que cada vez que tenía un tiempo en el trabajo o en el almuerzo, me instalaba en la computadora a comerme cada página.

No fue sino hasta como hace dos días que, por fin, encontré un castillo inmenso con dos torres. La imagen es tremenda. Y no solo eso, sino que en la historia de esta estructura hay una intrincada maraña de sucesos inexplicables: dos muertes, asesinato, amor y traición. Nunca se supo con exactitud lo que sucedió, el caso nunca concluyó. Es perfecto

He decidido hacerle un regalo a mi amada Mirta. Darle su sueño, inmiscuirme en él como en su vida, ser parte de su fantasía. La sorpresa será grande. Preparo todo con lujo de detalle. Llego temprano a su casa, voy directo a su cuarto. Tomo un lápiz dispuesto en su escritorio, una hoja en blanco y empiezo a escribir. Doblo todo en un sobre, incluida la foto que he preparado para ella.

Cuando Mirta llega a las 5 p.m., no se percata de mi presencia, pues estoy escondido celosamente en su cuarto. Quiero ver la expresión que tiene cuando la lea. Mira a la mesa y observa la carta con su nombre. Con extrañeza, se acerca y la toma. La abre. Veo como los gestos de su rostro cambian al leer:

“Amor, sabes que desde cuando te conocí quedé prendado de ti. Cada día que voy conociéndote más y más, sé que eres la mujer perfecta para mí. Lo que me ha hecho pensar que para toda gran mujer se necesita un gran hombre.

Nunca he podido encontrar la manera de hacerme un gran hombre. Pero lo que sí siento es la necesidad de protegerte y estar contigo en todos los momentos de tu vida. Eso es lo que me llena y necesito sentirme completo.

¿Recuerdas el día que me contaste sobre ese gran sueño? Pues no quiero que sea solo tuyo, quiero que sea nuestro. Más aún, no quiero que sea un sueño en absoluto. Quiero convertirlo en realidad, amor. ¿Sabes? Lo encontré, el castillo de dos torres. Está lejos, pero podremos ir. Ya lo he organizado todo. El castillo encantado está a nuestro alcance. ¿Quieres ir?...”
La mirada de Mirta es pura emoción. Las lágrimas asoman por sus preciosos ojos, pero no logran llegar a sus mejillas.

“... Pero no podemos emprender el viaje sin que antes me respondas una pregunta, quizás la más importante que te haré. No quiero hacer las cosas mal. Hasta hace poco me di cuenta todo lo que eres para mí. No concibo la vida sin ti. Así qué, debes contestarme sinceramente. Mi pregunta es..."
Veo lo nerviosa que está, gira de un lado a otro la carta. La pregunta no está allí. Aquí es donde salgo del armario, me arrodillo frente a ella y se la hago.

―¿Mirtha, quieres ser mi esposa?

La sorpresa y la incredulidad se hacen presente. Tapa su boca como si no quisiera gritar de emoción. No me levanto, espero impaciente una respuesta. Ella se levanta de la silla, da los pasos más lentos de toda mi vida. Asiente con la cabeza sin decir palabra, la felicidad me embarga. Tomo su mano y coloco el anillo en su dedo. Me levanto y la abrazo fuerte contra mi cuerpo. La beso cariñosamente.

―Ahora eres parte de mi sueño, como yo del tuyo. Seremos uno y viviremos para el otro. Te amo.


Derechos Reservados
Autor Dayana Rosas S. G
Fotografía Alberto Mozqueda

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