✨ Capítulo 2: La foto que no fue casual




No sé en qué momento acepté. Tal vez fue la forma en que lo dijo. O la manera en que me miró, como si ya me conociera de antes, demasiado bien. ¿Puede ser posible o es solo mi imaginación?

Luisa, su mánager, se acerca con una sonrisa práctica, de esas que organizan todo sin preguntar demasiado. Me pide el número y, sin pensar, se lo doy.

Error. O no. Siento su mirada todavía sobre mí, aunque ya no está justo enfrente. Está atendiendo a la siguiente persona, firmando, sonriendo, siendo el escritor que todos admiran.

Pero algo cambió. Lo sé. Lo sentí. ¿Cierto?

Salgo del salón con el libro apretado contra el pecho, como si pudiera contener todo lo que acaba de pasar. Afuera, el aire es distinto. O soy yo. 

Abro el libro, busco la página de la dedicatoria. Leo: «¡Por fin te encontré!». ¿Qué significa esto?

Mi teléfono vibra. Demasiado pronto para mis nervios. Número desconocido. El corazón me da un golpe seco. Abro el mensaje. Y allí está: la foto. Estamos los dos. Demasiado cerca. Demasiado íntimos para ser desconocidos.

Pero no es eso lo que me deja sin aliento. Es el texto.

«No miras así a alguien por primera vez.»

Se me hiela la piel. No es una frase amable. No es un agradecimiento. Es una afirmación clara y sincera, que abre un torbellino de emociones en mi corazón y en otras partes que no puedo ni nombrar.

Levanto la vista, casi por instinto, como si él pudiera estar ahí, mirándome. ¡Qué ridícula eres, Valeria! ¿O no?

El teléfono vuelve a vibrar. Otro mensaje. No espero demasiado y lo abro. La curiosidad puede conmigo.

«Pensé que tardarías más en venir.»

El mundo se detiene. Mi mente intenta encontrar lógica, excusas, coincidencias, cualquier cosa que no sea esto. Pero hay algo dentro de mí que no duda.

Él sabe. Sabe quién soy. Sabe que lo leo. Sabe que lo sigo. Sabe demasiado. ¿También sabrá de lo que crea en mí cada vez que lo leo? Estúpida que eres.

Mis dedos tiemblan sobre la pantalla. No debería responder. No debería. Pero tampoco debería sentir esto. Esa mezcla peligrosa de vértigo, curiosidad y algo más oscuro.

Escribo. Borro. Vuelvo a escribir. Y al final, hago lo peor que podía hacer. Respondo.

«¿Debería preocuparme?»


El mensaje se envía. Un segundo. Dos. Tres. La respuesta llega sin demora. Como si estuviera esperando. Como si siempre hubiera estado esperando.


«Eso depende, Valeria…»

«…de cuánto quieras acercarte.»


Capitulo 1

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Capitulo 1. La mirada que no debió existir 

Y allí estaba yo, en una presentación del autor que, literalmente, ha vivido en mi mente, mi cuerpo, mi deseo, desde que lo leí por primera vez.

¿Lo he visto alguna vez? Claro que no. Solo por foto, y una que no tiene nada que envidiar. Sin mentir, de pensar que estoy en el mismo salón donde él estará, me entra el nervio.

Cuando lo veo sentarse en la mesa, todo se me revuelve de emoción. La presentación comienza puntual, cosa que agradezco, y la presentadora introduce a mi escritor estrella. Todos aplauden calurosamente, y no puedo dejar de hacer lo mismo.

Parezco una niña de lo nerviosa que estoy. ¡Pero vamos a ver, mujer, cálmate! ¿Pero cómo podía tranquilizarme si este hombre me tocaba con cada letra de sus libros? Y él ni lo sabía.

Todo ocurre muy rápido, para mi gusto. Escucharlo declamar es un deleite; hace que se me suban los colores y se me erice la piel. Así como a todas las que nos encontramos aquí. ¿Puedo culparlas? Por supuesto que no.

Cuando llega el momento de la firma de autógrafos, la fila se forma. Por supuesto que me voy a llevar la publicación de su último libro: Te busco y no te encuentro. Ya solo con el título lo quiero. Respiro profundo. Ya casi estoy frente a él.

La persona delante de mí grita, se emociona, pide un autógrafo y se va. Luego, vengo yo. Tenerlo enfrente es tremendo e intimidante.

—¿A nombre de quién? —pregunta suavemente, sin levantar la mirada.

—Valeria —respondo muy bajo, como si yo fuera la más penosa del mundo.

Él levanta la vista y me mira fijo a los ojos. Ese segundo intenso es suficiente para quitarme la respiración. Un silencio entre los dos, infinito… para luego volverse sonrisa. ¿Seductora? No lo puedo creer.

Escribe algo en el libro, pero no logro leerlo. Se levanta como si nada, se coloca a mi lado, me toma de la cintura y me acerca a él. No entiendo nada de lo que está sucediendo. El click de una cámara rompe el momento y nos toman una foto juntos.

Jamás pensé en pedirle una foto. Mi vergüenza no me lo permitiría. Lo siento tan cerca que el calor de su cuerpo enciende el mío. Y yo que tenía la esperanza de que al verlo esto no fuera nada… que no me atraería. Pero es peor de lo que imaginé. Deseo puro y admiración. Combinación fatal para mí.

—Valeria, dale tu número de WhatsApp a Luisa, mi mánager, para que te envíe la foto de hoy —dice amablemente.

—No, no es necesario —respondo.

—Insisto. Mi mejor fan no puede ser tratada como cualquiera —afirma, con una sonrisa que oculta algo más que buena voluntad.

¿Me reconoce? ¿Sabe quién soy? Qué cosas. ¿Mis comentarios no se pierden entre el mar de mensajes?

Pero no sé qué hacer. Primera vez que no sé cómo reaccionar.

¿Podré olvidar este día?

Lo dudo mucho.


Capitulo 2

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Aunque mi día fue cansado, no pude esperar más para leer tus letras.

Eres adictivo para mí: intenso, sutil, poesía hecha deseo, pero carne también.


¿Cómo decirte que mi corazón se acelera con cada palabra tuya?

¿Cómo explicarte que mi intimidad despierta al ritmo de lo que escribes?

¿Cómo sostener este fuego que enciendes en mi mente, en mi pecho, en lo más profundo de mí?


Nunca podrías saberlo. Nunca querría que lo supieras.

Pero cada fibra de mi ser te desea.

Dentro de mí, sin reservas.


Y no, no esperaría ternura.

No buscaría suavidad.


Chica leyendo un libro

Querría todo lo que eres.

Sin medida.

Sin límites.

Dentro y fuera de mí.


Pero jamás lo sabrás.

Porque tú ni siquiera sabes que existo.

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SIN CORDURA


 



Él siempre me contaba de lo enamorado que estaba de ella. Siempre le decía que lo que ella hacía no era de una chica que correspondiera a su amor, pero como los hombres son como son, no me creyó. Así que tuve que dejar que se diera cuenta solo.

No pasó mucho tiempo para que lo notara. Ahora sí venía a mí con dolor, con temor, con frustración. Una y otra vez me repetía que no podía vivir sin ella, que era un tonto por enamorarse, pues ella nunca le había dado indicios de que fuera mutuo. Mil veces se dijo tonto y mil veces se sintió desolado porque su amor no se podía terminar. Y yo asentía, solo escuchándolo. ¿Qué más podía hacer? Nada, solo estar allí por y para él.

Pasados unos días, sus comentarios ya no eran de dolor, sino de resentimiento. Ella había empezado a mostrar cariño y a prestarle atención a otro chico. Eso lo ofuscaba y lo colocaba de mal humor. Una vez, con su semblante determinado, aseguró que la borraría de su vida, que no quería saber nada de ella, que la iba a olvidar, porque no soportaba su coquetería con los demás y, menos, con ese muchacho. Por supuesto, supe desde el principio que eso no era cierto. Así que seguí como su pañuelo de lágrimas.

Empecé a asustarme cuando me dijo que si ella no era de él, no era de nadie. Ya lo de no "querer saber nada de ella" estaba olvidado, como lo supuse. El semblante de mi amigo era oscuro, trágico. Y no que yo fuera amiga de ella, pero mi gran amigo estaba actuando de manera muy extraña. Me asustaba y no quería que ni él ni nadie saliera herido. Así que fui a hablar con la chica. Quedó atontada cuando le conté lo que pasaba. Quedamos en que tendría mucho cuidado con sus salidas.

Doy gracias a Dios por haber hecho lo que hice. Dos semanas después, él los esperaba con el carro prendido a las afuera del restaurante. Cuando iban cruzando la calle, arremetió con todo, pisó el acelerador y se fue encima de ellos. Si no fuera porque el chico fue rápido, mi amigo los habría matado a los dos. Con su objetivo no cometido, fue a mi casa y me lo contó todo. No hallaba qué decir, estaba muda. Había intentado matarlos. ¿Era cierto todo esto? ¿Mi gran amigo podía llegar a esos extremos?

La pareja presentó cargos, como era de esperarse. Obviamente, mi amigo tenía problemas y hoy cumple condena recluido en un sanatorio. Todas las semanas voy a visitarlo, hablo, converso. Dice que no se imagina sin mí. Lo veo mejor y espero que pronto se recupere y sea el mismo hombre cariñoso del que me enamoré una vez. Es increíble lo que puede hacer un ser sin cordura, sin control de sí. Por eso, hay que tomar las cosas con calma. Lo mejor es lo que pasa, ahora y siempre.

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BOTELLA DE CHAMPAGNE


¿Vienes? ―me pregunta.
Encantada ―respondo.

Toma mi mano y me adentra en un salón. Está oscuro y de pronto, la tenue luz de las velas encienden la estancia. Una mesa dispuesta con tremenda especialidad. Vasos, cubiertos, bebidas, platos en perfecta simetría y un olor que enamora a cualquiera.

Comemos, conversamos a la luz de las velas. Se respira intimidad y confesiones. En toda la noche no pude evitar percatarme que la botella de champagne no la tocó, ni la sirvió. Mi curiosidad me hace interrogar. 

 ¿Y para qué es la botella de champagne?
Una ocasión especial merece una bebida especial. Que utilizaré, especialmente, en tu cuerpo ―sonríe con mirada pícara.


No pude articular palabra. Pero mi cuerpo responde a él, a sus palabras. Y ya no puedo esperar a que ese momento llegue. Sus palabras me pierden.
 

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¿A QUIÉN ESCOJO?



Sentada aquí en el árbol, respirando el olor de la naturaleza. Pensando qué debo hacer. Estoy entre dos hombres, mis mejores amigos. No sé a quien escoger. Me siento feliz, llena cuando estoy con ellos. Pero a solas... No, no voy a pensar en nada. Disfrutaré y dejaré que ellos decidan... Luego, seguro no lo aceptaré.

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ANAYAD Y EL OGRO
 
 
Había una vez, hace mucho tiempo, una linda joven llamada Anayad, que vivía en una cabaña con su padre, Leafar; libre, poco común y curiosa. Todos en el pueblo hablaban de ella. Era hermosa, un ángel todos así lo sentían, pero su encantamiento por los libros y las letras era algo que en ese pueblito no entendían. Por eso, desde cuando llegaron allí, ella nunca se sintió parte de aquel lugar.

Anayad era una joven inteligente, soñadora, con carácter y servicial. Adoraba a su padre, quien era un inventor, muy peculiar él. Lo fantástico estaba en que los dos se entendían a la perfección. Se sentía grato verlos conversar, reír y soñar cuando estaban juntos, comiendo o creando los dichosos inventos del padre.

Llegó el día en que Leafar tuvo que partir hacia otro poblado para concursar en un evento y ser reconocido como un buen inventor. Se despidió de su hija con un tierno beso y con la promesa de un regalo digno para ella. ¿Qué sería? Lo vio irse, perderse a lo lejos. Cuando ya no lo vio, se le ocurrió dar un paseo a caballo por el pueblo. Necesitaba salir, disfrutar, sentirse viva.

Tomó un caballo y salió de la cabaña. Se encontró en el camino a Nuaj. Él se le interpuso, deteniéndola. Anayad se molestó mucho, pensaba que era un fastidio el tipo. Era bello, sí, pero metía la pata todo el tiempo. Demasiado tierno con ella y no le gustaban los pegajosos. Todas las del pueblito andaban loquitas por sus huesos, pero ella definitivamente no lo estaba.

Su sonrisa tierna, sus ojos azules, su simpatía y su lenguaje con poco sentido, no le gustaban. Así que le dijo que andaba con prisa y se safó del hombre fastidioso. Por fin, la brisa, la rapidez, todo la hacía sentir viva. Cabalgó, cabalgó toda la tarde, hasta llegar a un paraje que no conocía: oscuro, tenebroso, sin mucho color. Algo le decía que se alejara, pero como toda chica curiosa, bajó del caballo. De pronto, vio una mariposa hermosa, la siguió como hechizada. Era preciosa, colores que nunca había visto la teñían. La llevó hasta las puertas de un castillo lújubre. La mariposa se posó en su mano, voló hacia su mejilla como si le diera un tierno beso. Las puertas se abrieron.

Apenas entrar, sale un ogro de lo más bonito pegando cuatro gritos: este es mi hogar, qué haces aquí, por qué la mariposa te besó y otras tantas cosas, preguntaba, gritaba. Y eso a Anayad la exasperaba, los gritos. Reventó como una burbuja y empezó a gritarle ella también. Si este ogro estúpio pensaba que ella le tenía miedo estaba más que equivocado. Era un mal encarado, un grosero, un estúpido y no sabía tratar a las personas. Todo eso se lo dijo sin nigún miramiento. El ogro se queda callado, la observa y se ríe.

Se presenta como Okín, el rey del castillo. Anayad lo mira como con cara de pocos amigos. Pensaba le estaba tomando el pelo. Él se explicó claramente. Era un castillo hechizado por su mal comportamiento y que ya no tenía esperanza de que nada cambiara. El peor mandado es el que no se hace, le dijo ella.

Aunque su padre había vuelto, Anayad no dejaba de visitar al ogro. Dos, tres, cuatro semanas y seguía haciéndolo. Estaba notando que ya no aguantaba mucho estar sin hablar con el cabezotas ese, que sus malas caras la hacían reír, que sus gritos la hacían explotar y que su mirada, la mayoría de las veces, la intimidaba.

Apareció esa noche, mientras comían, un hechicero negro. Quería la corono de Okín. Este hechicero había pensado que ya era suya, porque el tiempo de Okín para volverse humano ya se estaba agotando, hasta cuando apareció la fatalidad: Anayad. Fue decidido a matarlo. Su rayo cayó directo al corazón, haciendo que el cuerpo de Okin se desparramara en el suelo. Al segundo ataque, la mariposa se convirtió en una hada preciosa, y los cubrió con un manto y los protegió. Atacó de vuelta y logró que el hechicero desapareciera. Anayad no podía creer que su ogro estuviera allí, tirado y desapareciendo, evaporándose como el agua.

La hada la miraba, como si ella supiera qué hacer. Sálvalo, le dijo. Pero ella no tenía idea cómo. Tomó su mano, la llevó hacia su rostro. Sin poder evitarlo, le dijo que lo amaba, que no la dejara sola, mientras le dio un casto beso en esos labios tan oscuros y grandes. El hechizo estaba roto. De un momento para otro, Okín se convirtió en humano, hermoso, piel blanquecina, cabellos dorados y ojos esmeralda, lleno de vida.

Anayad no lo creía. Dónde estaba su ogro bello, dónde estaba su cabezota. No era él. No sabía qué hacer.
-No te creas que porque me convertí en humano voy a ser dulce y genitl. Por que no lo haré -le dice Okin.
-Más te vale, cabezota, porque sino me voy corriendo de aquí -dice toda emocionada, dando un salto para abrazarlo.

Sí, era su ogro y ella, su bella. Se casaron, se amaron y se aceptaron. Y. . . vivieron felices para siempre.

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UN EXQUISITO DESPERTAR



Cuando despierto, veo el reloj. Las ocho de la mañana. La luz entra rauda por la ventana. El clima es perfecto dentro del cuarto. Mi cuerpo se despereza, miro hacia el lado y lo veo a él, perfectamente desnudo, sin una sábana que lo cubra. ¡Dios mío, no sufre de frío este dios nórdico! Mis ojos se posan en toda su anatomía. Me pierdo en él.

El calor se apodera de mi cuerpo. No quiero despertarlo, por lo que decido levantarme poco a poco de la cama, haciendo el menor ruido posible. Al hacerlo, me poso frente a la cama para seguirlo admirando un poco más. Es inevitable, este hombre me vuelve loca.

La brisa entra por la ventana y hace mover el camisón blanco que traigo colocado. Lo que incita a que su olor se impregne más todavía en mi nariz, en mi cuerpo. ¡No, esto no es justo! El deseo se apodera de mí, así que los planes anteriores se desvanecen en unos segundos. Mi control no está muy bien el día de hoy. Solo verlo, aunque sea dormido, me trastorna sobremanera.

Me subo a la cama lentamente. El pequeño movimiento parece que lo despierta un poco, porque mueve sus brazos hacia arriba, haciendo que se vean más grande de lo normal. No me detengo mucho más, puesto que quiero sentirlo abajo de mi cuerpo. Su pecho es grande, fuerte. Su piel blanca tostada por el sol. Su cabello largo cayendo por su rostro. Su barba incipiente que tan bien se le ve. Todo me invita a provocarlo. Es lo que haré.

Abro mis piernas, para poder quedar a ahorcajadas sobre él. Lo siento debajo de mí, su piel fuerte, sus caderas de hombre. Mis manos tocan su abdomen fuerte, mis dedos sienten su fuerza, el calor de su piel. Me inclino poco a poco sobre él, por lo que mis pechos rozan un poco los suyos. Quiero besarlo, pero no estoy segura de hacerlo. Su respiración, su olor, todo me hechiza. Su ojos siguen cerrados. Retrocedo, desistiendo de mi plan. !Qué loca estoy!

Sin previo aviso, su pierna se levanta, haciendo que vuelva al lugar en donde estaba. El corazón se me acelera más, si cabe. Debajo de mí siento como su excitación empieza a notarse. ¡Madre mía, cómo me vuelve este hombre! Vuelvo de nuevo, me acerco lentamente a su boca, respirando fuerte, sintiendo la electricidad entre los dos. Él no me mira, sigue con sus bellos ojos cerrados. Este juego me encanta. Mis labios tocan los suyos, mi lengua rozan sus labios, suave, tiernamente. Me corresponde lentamente.

Sus labios comienzan a tomar vida, a provocarme más todavía. Su pierna me empuja más arriba, para que sus manos puedan tomar mi rostro. Sus manos fuertes y grandes son parte de mi refugio. Me siento sexy cuando lo hace. Mis dedos se aferran a su abdomen. Voy perdiendo el control, sin remedio. Mis besos se vuelven torrentes, como los de él. Mis manos lo recorren, mis caderas se mueven para arremeter contra su cordura. !Está funcionando, su respiración está a mil, su excitación me asombra!

―Sigue despertándome así, preciosa, y no podré responder de mí en todo el día.

Sonrío, pero sus besos no me dejan seguir haciéndolo. Sus manos dejan mi rostro, para rozar todo mi cuerpo. Toma mis caderas y da la vuelta. Sin esperar, me coloca debajo de él. Pierdo el control de la situación en cuestión de segundos. !No tengo intenciones de que responda de él, quiero que haga todo lo que quiera y necesita conmigo! Mis manos van a dar sobre mi cabeza. Sus ojos me dicen qué hacer Sé lo que quiere. No las muevo ni por un segundo, a menos que me lo diga. La satisfacción de sus ojos al ver mi disfrute es algo que va más allá de mí.

No sé qué ni cómo lo hace, pero sabe perfectamente cómo tocarme, cómo besarme para hacerme explotar cuántas veces él quiera. Sus manos, sus labios, su cuerpo, me conocen tan bien, como yo a él.

La entrega se hace presente. El deseo, el placer, la intensidad, el juego, el amor, se hacen presente. Convirtiéndose en un cóctel de sensaciones, de felicidad, de satisfacción. Me da todo lo que necesito. Su cuerpo, su deseo, su alma, su intensidad. Hace que explote de mil maneras, que me vuelva loca por él, que le pida con fervor que me haga suya hasta la saciedad.

―¡Por favor, por favor! ―le ruego.
―Pídemelo, preciosa ―me exige.
―Hazme tuya. No puedo más.

Sus ansias de estar dentro de mí se notan. Como loco, como un salvaje, entra entre mis piernas.

―Eres mía ―me dice, cuando su hombría se adentra en mí.
―Siempre ―contesto entre jadeos, sin poder evitarlo.

Mi respuesta le gusta, lo enciende. Saberme de él, saberme complacida, saberme una mujer excitada solo por él, lo encuentra exquisito e insoportable. Todo su cuerpo me exige, me pide que le dé placer. Así que muevo mis caderas también, buscando su liberación. Sus gemidos, su impaciencia, su fuerza me dicen que falta poco.

En la medida en que su intensidad aumenta, voy acercándome al precipicio también. Él lo sabe, lo siente. Lo que hace que su excitación no dure mucho más. Me da todo lo que tiene, con un gran gemido y mi nombre entre sus labios. Mis manos se aprietan entre ellas cuando mi cuerpo no se controla. Su nombre sale de mi boca como una plegaria de agradecimiento.

Ambos quedamos extenuados, uno al lado del otro. Me toma y me acerca hacia él. Besa mis cabellos, me mira directo a los ojos. !Tan tierno! Lo beso en los labios y me responde.

―Te lo repito, no respondo de mí en este día, preciosa.
―No quiero que lo hagas. Me plantearé levantarte de esta manera regularmente ―digo entre risas.

Lo abrazo fuerte y me quedo allí en su pecho, escuchando cómo se ríe también. Sé que piensa que soy un peligro, pero realmente lo soy para él, el que me enciende y me enternece al mismo tiempo.

Como lo ha dicho, esta vez solo ha sido la primera. Estoy ansiosa por saber qué hará después. Por ahora, disfruto nuestra cercanía y nuestras charlas en cama. 
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LA BAMBALINA Y EL COPO DE NIEVE




Esa noche ella estuvo pensando una y otra vez lo que pediría a su querido San Nicolás para la noche de Navidad. Pero realmente no se le ocurría nada. Desde pequeña, nunca le enseñaron a pedir cosas puntuales, puesto que estaban convencidos de que Él sabía de antemano lo que cada uno de ellos necesitaba.

Ya con sus veinticinco años de edad, y a sabiendas de que la mayoría decía y pensaba que San Nicolás no existía, se encontraba pensando qué podía pedir. No hubo año que pasara que no le escribiera una carta a su querido santo. Nunca pidió cosas materiales, sino hermosos deseos para los suyos. Hoy en día, todos estaban bien y al pie del cañón. Eran felices y estaban tranquilo. Así que, por primera vez en mucho tiempo, le estaba siendo difícil escribir su tan anhelada carta.

Se rehusaba a desistir de escribirla. No podía hacerle eso a Él. Siempre lo saludaba, le daba las gracias por lo que conseguía en el año y le pedía eso tan especial. Era parte de ella, no podía fallar.

De pronto, una idea se le ocurrió. Desde hace día estaba teniendo un sueño. Sabía que algo le quería decir pero no lograba descifrar qué. Así que tomó el portamina, la hoja en blanco y empezó a escribir:




          “Querido, San Nicolás

        Espero que estés muy bien. Quisiera poder tener la capacidad de volverte a ver como aquella Noche de Navidad. Te doy las gracias por todas las cosas que hemos conseguido en este año. Sé que eres parte de ello también.

         Me ha costado decidir qué pedirte. Pero sé que también me ayudarás. Desde hace días he tenido un sueño y no logro saber qué me quiere decir. Por favor, te pido fervientemente que me ayudes a saber qué me quiere decir la Vida con ese sueño.

        Te quiero mucho, tengo fe en ti y la tendré toda mi vida.


      Thais.




Terminó su carta, la dobló, tomó el sobre y la metió. Fue corriendo a colocarla en el árbol. Su padre estaba en la sala. Al verla, como siempre hacía, sonrió y no dijo nada. Ella la acomodó entre las ramas de su árbol.

Al día siguiente, la carta no estaba. Eso siempre le sucedía. Pensaba que era su padre quien la guardaba pero no le decía nada. Estaba segura de que todavía lo hacía. Pero no le importaba, pues también estaba segura de que Él la leía de alguna manera. Así que sonrió al no verla esperaba con ansias la Noche de Navidad.

Pasaron los días y el mismo sueño se repetía una y otra vez, con más frecuencia y con más intensidad, pero no lo entendía. Los personajes no eran claros, ni tampoco su papel. ¿Dejaría que todo pasara? ¿No la ayudaría esta vez con su pedido? Se negaba a creerlo.

Llegada la noche vieja, como era de esperarse, no fue a dormir temprano, pues estaba disfrutando con su familia. Cosa que no le preocupó. Sería cuando durmiera que todo se daría. Gozó la noche. Comió, bailó, prendió estrellas con los sobrinos, vio los fuegos artificiales. En conclusión, fue una noche espectacular.

Cansada, al terminar la celebración, se dio un baño y fue a la cama, convencida de que esa vez tendría su respuesta. Cayó sin remedio. El sueño empezó de nuevo. Los dos hombres, las tres chicas, la guerra, ella en medio. Un caos y ella no se movía ni un centímetro.

Al despertar, en su cama, había una bambalina cristalina con un copo de nieve dentro. Se preguntaba si habría sido su padre. Al tomarlo, era frío como la nieve. Parte del polo norte en un espacio. De pronto, apareció de nuevo el rostro de Santa, le sonrió y le guiñó el ojo como aquella vez. La emoción la embargaba, la felicidad la tomo completamente. Acarició la silueta del rostro y rió. Después, desapareció.

Dentro de la bambalina empezaron a aparecer unas letras: "No puedes huir de tu trabajo. Basta de estar quieta, de no hacer nada. Eres como este copo, no lo olvides".

Allí estaba su respuesta. Ahora tendría que saber qué significaba un copo de nieve, eso le mostraría su camino. El que estaba dispuesta a tomar.
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SIMPLEMENTE A SU LADO

PARTE XIII 


FINAL


Han pasado siete meses desde aquella noche, no sé decir si fatídica o de suerte. ¿Quién puede decir que fue de suerte? Solo yo. No le he escrito, no lo he hablado, ni he salido con nadie de nuestro grupo. Como bien lo prometió, no ha intentado disuadirme de lo contrario. ¡Sí, es un buen hombre! Por eso lo amo.

No había podido aceptar la idea de que se casase, pero lo hará esta misma tarde. Ahora, lo puedo manejar. No verlo, no hablarle, no saber de él me ha ayudado muchísimo. ¿Debo separarme? No, no quiero eso. Me ha dejado quedarme cerca de su vida, simplemente a su lado me siento bien, para ser su paño de lágrimas, su confidente, ser la niñera o la loca de las salidas en grupo. Decido eso, aunque sé que sufriré, pero estaré en su vida. Lo acepto.

Me visto rápidamente. En cuarenta minutos estoy en la iglesia para el matrimonio eclesiástico. Me siento en una de las sillas del medio, esperando pasar desapercibida. Obviamente, no sucede. Todos mis amigos me vitorean, me llaman y me obligan a sentar con ellos en las filas primeras.

Como es de esperar, Víctor logra verme parado frente al altar, nervioso, altivo, galante, esperanzado. Su expresión se enternece al verme, se sonríe abiertamente, con esas sonrisas de 100 mil puntos. Me doy cuenta que mis sentimientos no han cambiado ni un poco hacia él. ¡Sí, la tendré difícil de ahora en adelante! Pero no me importa, estoy y estaré siempre para él cuando me necesite.

Sonrío también, lo saludo y le deseo todas las mejores cosas en su relación y en su vida. Cuando me siento, los chicos empiezan a molestarme sobre lo perdida, lo cansina y lo fastidiosa en estos meses al ignorarlos. Me disculpo con todos, decidiendo recompensarlos a cada uno. Solo así logro que se calmen.

La música nupcial empieza a sonar, Víctor me observa y yo le sonrío, haciéndole entender que estoy bien. Sandra entra, despampanante, a la iglesia. De pronto, me encuentro pensado si eso lo llegaré a vivir yo. ¿Volveré a enamorarme? No lo sé, realmente lo espero, para ver si este sentimiento llega a apaciguarse alguna vez.

Una ceremonia hermosa, sencilla, pero muy significativa. Me he alegrado de venir. La recepción muy divertida. Bailes, música, comida, bebida. Diversión por doquier. Víctor me saca a bailar una vez en toda la noche. Solo conmigo bailó, fuera de su esposa. ¡Está loco!

Al terminar la fiesta. Todos los fuimos a despedir para la luna de miel. Todo el grupito estamos en la salida para tirarle globos y arroz, siendo una sorpresa para ellos, deseándoles las más bonitas bendiciones.

Al salir ambos, se los echamos encima, haciéndolos reír. Sandra y Víctor se ven de lo más felices juntos. Una relación tremenda, nadie debería meterse. Mi corazón ríe y llora al mismo tiempo, pero solo elijo que se vea lo contenta que me hace.

Sin esperarlo, Víctor se acerca, me da un abrazo, un beso en la frente, se despide de los demás y se marcha. Sandra se despide con un saludo. Ambos se montan en el carro matrimonial y comienzan su nueva vida juntos.

Yo, yo me quedo aquí con los amigos pasando este momento y ocultando lo que siento. Quizás todo termine cuando decida marcharme o cuando ocurra un milagro que me saque a ese hombre del corazón. Por hora, me toca sacudirme lo que siento. Música, comida y bebida es lo que tengo. Bien por mí. Vivir un día por vez será la meta.
 
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PARTE XII 


Siento su aliento en mi rostro, sus labios en los míos y no puedo creer lo que está sucediendo. ¡Me está besando Víctor! Mi cuerpo empieza a reaccionar y, en vez de apartarse, se acerca más. Respondo con más fuerza el beso, con más intensidad y él me deja. Pruebo sus labios, su aliento, y quedo fascinada. Quiero estar más cerca, así que me cuelgo en su cuello, aproximándome más a él. Toco sus hombros, sus cabellos, su rostro y siento todo su cuerpo. Víctor me toca con delicadeza, con intensidad y me dejo. ¡Parece un sueño! Y lo es.

Tratando de entender un poco todo, me separo de él, aún con los ojos cerrados del éxtasis.

―Sí, así imaginé que sería besarte, preciosa. ―Su respuesta me descoloca―. ¿Sentiste algo tú?
―No debiste, no debiste. Sí, por supuesto. Me has hecho confirmar mis sentimientos por ti. No es mentira. Ha sido un beso… ―no logro seguir, ruborizándome.
―Tú lo necesitabas, también yo. Lo imaginé varias veces, Lore. Cuando nos conocimos. No pretendo separarme o separarte de mí. Sí, me casaré con mi prometida porque la amo. Tú eres esa amiga que no quiero perder, pero esto nos lo debíamos los dos, desde hace tiempo. Siento no corresponderte y lamento mi pedido. Pero espero no te vayas de mi lado. Es tu elección, te quiero como amiga, a mi lado en todos los momentos. Podré no darte lo que quieres de mí, pero te protegeré siempre, porque eres parte de mi vida. Solo tú tienes la decisión.

No respondo, no digo más nada. No tengo por qué hacerlo, mis ojos lo hacen por mí. En la medida que salen, él los enjuaga con sus manos.

―Tome la decisión que tome, siempre estarás en mi corazón ―respondo, con la voz quebrada―. Cuando uno se enamora, no es algo pasajero. No se hace con sentido y queriendo, solo ocurre. Cuando es verdadero, no se olvida. ¿Cuántas veces escuché eso? Solo ahora sé lo verdadero que es. Sé feliz, Víctor. Siempre feliz, así me harás feliz a mí también.

Otro beso me brinda Víctor, tierno, delicado. No debería hacerlo pero no puedo decir que no, y eso no es bueno para mí. Sufriré demasiado al verlo con otra, pero a la vez me alegraré porque está completo. Todo se va olvidando, mientras sus labios me tocan.

―No te despidas, Lore. No lo hagas. Piénsalo, luego decide. Respetaré lo que decidas.

Con esas palabras, me toca el rostro y desaparece de la habitación, dejando a una «yo» estupefacta, impaciente y en cortocircuito. 
 
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SIMPLEMENTE A SU LADO

PARTE XI

Sus ojos se entusiasman, me da una de esas sonrisas que matan. El corazón empieza a bombear más de lo normal. ¿De verdad lo estoy considerando? ¿Para qué? Si el rechazo es obvio. Medio sonrío, dándole confianza a que termine la respuesta.

―Sí, realmente quiero que te des una verdadera oportunidad y una a él. Mentiría si te dijera que no quiero saber quién tiene enamorada a mi cansona amiga.

¡Bien, este es el momento! ¡Aquí se acaba todo, amistad, comprensión, respeto de él hacia mí! Ahora me verá como una molestia que debe desechar. Podría evitarlo, pero no quiero. Me infundo valor, tomo una bocanada de aire.

―Te dije que no tenías por qué saber, ¿cierto? Y que esa persona no tiene que sufrir pensando en que no tengo su amor. Pero creo que no va a ser posible.
―Deja los rodeos, Lore. Dilo de una vez. ¿Quién es?
―Tú ―suelto sin esperar más. Víctor queda atontado, tratando de entender las palabras que salen de mi boca―. Estoy enamorada de ti, desde cuando te conocí. Ya sabes algo que nunca debiste saber. No quiero que me tengas lástima ni mucho menos.

Me levanto decidida, me acerco a la puerta para abrirla e indicarle que se marche. Pero cuando volteo, él está detrás de mí, esperando a que gire el cuerpo. Mira fijo a mis ojos, como buscando la verdad.

―Lorena, ¿de verdad soy yo de quién estás enamorada?
―Sí, Víctor. Por favor, no lo digas, no lo repitas ni se lo digas a nadie. No quiero ser el hazmerreír. Lo siento, no debí decírtelo, pero ya que.
―No estás enamorada de mí, es otra cosa. Debe ser otra cosa.
―¡Vaya, ahora tú sabes más de mis sentimientos que yo misma! ¡Eso es nuevo! ―Me detengo un poco mirando el suelo, para luego continuar―: Mira. Víctor, si no quieres verme ni hablarme más, lo entiendo. No necesitas que nadie entorpezca tu relación, así que no es necesario que lo hagas. Demos esta amistad, o como se llame, aquí.

Se acerca a mí, tan cerca que puedo oler su perfume, ese que me encanta. Inhalo un poco, para extasiarme con él. Toma mi rostro y me besa en los labios, muy suave, tierno, casi sin rozarme. Me quedo idiotizada, sin esperar el momento. No sé qué hacer, ni qué pensar.
 
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PARTE X

Sin permiso alguno, toma mis manos entre las suyas. Una emoción me recorre entera, pero es pura ilusión. No guardo esperanzas de algo que nunca llegará. No puedo evitar emocionarme, pero sé que es algo más. Y no creo que sea bueno para mí, algo me lo dice.

―No podré estar aquí todo el tiempo, preciosa. Serás la primera en saber. Hoy me he comprometido

¡¿Quéeeeee?! Esto es más de lo que puedo soportar. Algo se me tranca en la garganta y el llanto quiere volver a salir, pero no lo permito. Lo veo emocionado, contento. Algo de eso que siente me lo traspasa, tranquilizándome. Si él es feliz, debería serlo yo también. Pienso en lo que me dijo, una y otra vez. No desistirá hasta emparejarme con alguien, no sé por qué.

―Guao ¡Qué noticia! ―articulo, casi imperceptible―. Felicidades por el compromiso, Víctor. Mereces ser feliz hoy y siempre. Los mejores deseos para ti. ―Decido callar y que todo fluya como debe ser. No quiero convertirme en la tonta que se enamoró sola.
―Gracias, Lore. Se lo pedí antes de venir para acá, en contra de su voluntad. Pero tenía que verte. Por eso, dilo, ábrete y quizás él sienta lo mismo que tú.
―¡Dios mío, dale con el tema! No es así, no es así. Basta, ahora menos lo diré. Me buscaré otro novio, ¿te parece bien así?

El celular suena, trato de llegar a él por si es mi madre, pero Víctor se hace con él antes. Mira la pantalla y la tensión aparece en su rostro. Descuelga la llamada y contesta.

―No la vuelvas a llamar más, hijo de tu m… ―suelta un insulto terrible―. Esto lo vas a pagar, no lo dudes. Déjala en paz, no te ama. Es muy buena para ti. Vuélvetele a acercar y sufrirás las consecuencias. ―Cada palabra, cada oración es dicha de forma amenazante.

Cuelga sin más, sin esperar. Se desarregla el pelo, respira para calmarse. Sorprendida, le froto las manos, el hombro y le acaricio el rostro y la cabeza. No es posible que no lo haga. Verlo molesto o preocupado me golpea. Por fin, sonríe. De esa manera me desarma.

―¿De verdad quieres que le diga? ¿Tan ansioso estás por saber?

¿Le digo la verdad para ser sincera y perderlo para siempre? No lo sé. Su respuesta lo decidirá todo.

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PARTE IX


Me sigue apretando fuerte. Cuando tomo conciencia de la situación, trato de apartarme. Víctor no me deja. Sigue acariciándome la cabeza, me seca las lágrimas teniéndome entre sus brazos. Como por arte de magia, me calmo, dándole paso a la paz, la vergüenza y la incertidumbre de su presencia aquí. Se separa un poco de mí, ve mi rostro y niego con la cabeza.

―Esto no se va a quedar así. Ese malnacido va a tener lo que se merece por intentar… ―Se interrumpe, no pudiendo terminar la frase.

―No ha pasado nada, Víctor. Déjalo así. ¡Por favor, no interfieras!

―Di lo que quieras, Lorena. Pero se ha metido contigo. Ese poco hombre sabrá lo que es meterse con una mujer.

Lo observo una y otra vez, y no logro entender qué hace aquí. Debería estar con su novia, pero se encuentra aquí, conmigo, calmándome. ¿En qué estará pensado este hombre?

―Víctor, ¿qué haces aquí?

―Martha me contó y tuve que venir para saber cómo estabas.

―Lindo, si apenas me soportas ―comento, tratando de sonreír sin poder lograrlo―. Todavía no entiendo, aunque te doy las gracias. De verdad, me has calmado bastante. Sentía miedo, pero ya no.

―Porque no tienes a un hombre que te defiende, Lore. Porque el hombre que amas no está aquí para hacerlo, así que me atrevo a hacerlo yo. Y no digas que no te soporto, para mí eres muy dulce y tierna, algo como una brisa que sienta bien. Eres mi amiga.

Lágrimas vuelven a salir, un sollozo se escapa de mi garganta. El corazón se me encoge y no puedo controlarme. Me siento tan vulnerable. ¡Dios, por lo menos pensará que lloro por la situación y no por sus palabras desgarradoras!

―No, Lore. No llores, no soporto que lo hagas. Todo ha pasado. ―¡Ni idea tienes Víctor! ―Deberías decirle a él, seguramente querría estar aquí, protegiéndote.

―Para con eso, por favor, Víctor. No te lo dije para que me lo estés restregando todo el tiempo. Fui sincera, pero déjalo pasar ya. Haz como si no lo supieras. Si no quieres estar, tienes la libertad de irte. Ya saldré como pueda de esto.

―¡Cómo me haces molestar, hermosa!

―No me digas así, Víctor. Ya estoy bien, ¿me ves? Puedes irte tranquilamente.

Me levanto de la cama para ir hacia la puerta, pero no me deja. Me detiene fuerte con su mano y vuelve a sentarme, de un tirón, en la cama. ¡Dios mío, quiero que termine esto!
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PARTE VIII


El escándalo fuera del cuarto me despierta. ¿Qué pasa? Me quedo petrificada al pensar que Tomás está afuera formándole un problema a Martha. No muevo ni un músculo, seguramente mi querida amiga lo despachará, mintiéndole al decir que no estoy aquí. Las voces se hacen más audibles.

―¿Dónde está? Quiero verla ―dice una voz masculina, no la de Tomás. El corazón se me empequeñece todo.
―En el cuarto. Está dormida. No la vayas a despertar, por favor. Espera a que descanse.

¡Dios mío, es Víctor! ¿Qué hace aquíí? ¿Cómo se enteró? Mi mente maquina rápido. Obviamente, la bocota de mi amiga se ha ido más de la cuenta y mira lo que ha pasado. Tomo mi celular y le escribo rápidamente.

«Por favor, Martha, no dejes que entre. No quiero que me vea de esta manera ni quiero contarle lo que ha pasado. Dile que se vaya, que me he tomado un calmante o algo. Que se vaya».

No recibo respuesta alguna. ¡Qué lea el mensaje, por favor! Segundos después, Víctor entra en la habitación, sin siquiera tocar la puerta por cortesía. Observa mi cuerpo, mi cara, mi necesidad y gime de rabia.

―¿Es verdad lo que me ha contado Martha?
―No ―respondo, temblándome la voz.
―Ahora me mientes. ¿Dónde está ese maldito? Esto lo va a pagar.
―¿De qué hablas, Víctor? No hay nada que pagar ―comento, partiéndoseme la voz. Las lágrimas vuelven a brotar, pero ya no solo de miedo, sino de rabia porque él me está viendo de esta manera.

Al verlas, su rostro cambia, su cuerpo se tensa mucho y no se mueve. Trato de secar mi rostro con las manos, sin éxito, pues las gotas siguen mojándome.

―Vete, Víctor. No ha pasado nada.

Se acerca a mí como un rayo, se sienta en la cama a mi lado y me abraza. Primera vez en la vida que recibo uno de él. ¡Qué bien se siente aquí entre sus brazos! Lo sigue haciendo, más profundo, más protector. No sé cómo, pero me voy relajando, sintiéndome más segura. Las lágrimas se van deteniendo, mientras me acaricia el pelo.
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PARTE VII

Corro hacia la avenida principal. Miro sobre mi hombro varias veces, para corroborar que no me sigue. Como no quiero quedarme más tiempo, tomo un taxi de la línea cercana, así tenga que gastar más. No quiero estar un minuto más aquí. 

Ya dentro del auto, saco mi celular y le escribo a Martha que me reciba en su casa. No puedo llegar a mi casa de esta manera tan frenética y asustada, mi madre colapsaría. Me llama inmediatamente preguntando lo que me ha pasado.

―Linda, no quiero hablar. Por favor, cuando nos veamos ―respondo, algo temblorosa.

Se despide verdaderamente preocupada. Le doy al señor la dirección de mi amiga. Me coloco la chaqueta, me siento expuesta, sucia, atormentada. Las lágrimas salen sin control, sacando todo el sentimiento reprimido que tengo desde esta mañana.
 
Veinte minutos después, el señor me deja enfrente de la casa de mi amiga. Bajo sin mucha confianza. Me acerco a la reja y toco el timbre, muy suave, sin fuerza, sin precisión. De pronto, me doy cuenta que tiemblo, como un niño asustado por el monstruo que hay en el armario.

Martha atiende inmediatamente. Ve la clase de despojo que estoy hecha, así que me abraza sin que se lo pida. Me aferro a ella, como si mi vida dependiera de ello. Algo más relajada, mis lágrimas siguen cayendo. Trato de evitarlo, pero no puedo. Abrazadas, entramos a su casa. Me lleva al sofá, en el que tantas veces reímos y lloramos. Se dirige hacia la cocina, buscando un té para calmarme.

Cuando regresa, estoy hecha un ovillo en el sofá, con la cabeza entre las piernas. Me saca de mi mutismo, obligándome a tomar el té. Hago caso y le doy unos pocos sorbos.

―Ahora que estás más calmada, dime qué pasó. ¿Cómo te has podido colocar así? Me tienes demasiado preocupada.
―Tomás… ―logro pronunciar, entre sollozos.
―¿Tomás te hizo esto? ¿Qué pasó? Pero cuenta, mujer.

Haciendo mi mejor intento, poco a poco, voy contándole todo a Martha, mi gran amiga. Su rostro se vuelve blanco como una servilleta. Asombrada, indignada, furiosa está. Su cara niega, una y otra vez, conforme mis palabras fluyen en el aire.

―Condenado, malnacido, imbécil. Esto no se va a quedar así, que lo sepas.
―No, por favor. No quiero que esto lo sepa nadie. Nadie. Promételo ―la insto a responder.
―Como quieras, Lore. Pero…

Le tomo las manos y le ruego de nuevo. Acepta mi petición, para luego llevarme a su cama a descansar un rato, después de llamar a mi madre y contarle una mentira. Como si me hubiese tomado algo, el sueño me invade y caigo profunda en la cama.
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